Escepticismo y ciencia

por | 11 junio, 2011


Ser escéptico conlleva una tremenda carga peyorativa. En cualquier conversación coloquial, el declarar que uno es escéptico usualmente consigue miradas de sorna o condescendencia, como diciendo “pobrecito, es tan cerrado de mente que es incapaz de creer o comprender nada”.


Para quienes no son escépticos, el escepticismo es equivalente a la incredulidad extrema, un lugar donde nada ni nadie puede convencer al escéptico, un caso perdido a la “racionalidad”.


También suele ocurrir que en una conversación donde alguien tiene una marcada postura en creer algo, se acuse a un escéptico de “¿Cómo es posible que seas escéptico y no creas en esto?”, y al revés también, una vez escuche en un programa radial respecto de las teorías conspirativas del 9/11 de NY que quienes creían en esas teorías conspirativas y no creían en la versión oficial “no deberían ser tan escépticos”.


¿Entonces, el escéptico es alguien que debe creer o que debe no creer? ¿O no creen en nada?


Sin embargo, hay un dejo de verdad en decir que los escépticos son incrédulos, pero no por el motivo que la gente peyorativamente piensa. Y tal sutil verdad es la clave de la importancia del escepticismo, y la piedra fundamental que ha modelado la cultura occidental y a la humanidad los últimos siglos: los escépticos han tenido el coraje de preguntar “¿Por qué?”, y eso ha cambiado el destino del mundo.


¿Pero qué es ser escéptico? La RAE define escepticismo como:

“Desconfianza o duda de la verdad o eficacia de algo”

Lo cuál se presta para malas interpretaciones, pero detrás de la duda o desconfianza está el hecho que el escéptico busca cosas concretas que le permitan resolver la duda y desconfianza natural, de manera que la certidumbre en la “verdad o eficacia de algo” no se base en la fe o en la creencia, sino en el conocimiento fundamentado.


Ser escéptico es simplemente no aceptar la verdad de algo por simple testimonio o tradición, sino basar el conocimiento en pruebas o evidencias que den validez a tal declaración o aseveración, y además implica ser capaz de evaluar críticamente dicha evidencia antes de aceptarla como válida.


Cuando para un fenómeno o situación la evidencia existe y se puede comprobar que es correcta y verdadera, entonces un escéptico aceptará que tal declaración es cierta, sin grandes problemas.


Pero si la evidencia no existe, es inválida, contradice a la declaración que pretende demostrar, o bien hay clara evidencia en contra, un escéptico rechazará la validez de tal declaración.


Por ese motivo yo afirmó que un verdadero escéptico no “cree” en cosas, sino que acepta ciertas cosas como ciertas porque “sabe” o ha aprendido que tales cosas son ciertas en base a evidencia sólida. Y por la ausencia de “creencias” infundadas, en cierta forma un escéptico ES un incrédulo, pero un incrédulo informado.


Y además, ya que el escepticismo considera cierto lo que se basa en evidencia sólida, si en el tiempo nueva evidencia aparece que demuestra que lo antes se consideraba válido estaba en realidad equivocado, un verdadero escéptico no tendrá problemas en cambiar su parecer, aceptará su error, y abrazará el nuevo punto de vista, pero por supuesto no antes de evaluar cuidadosamente que la nueva evidencia sea mejor y más valida que la anterior. Por ello acusar a un escéptico de ser “cerrado de mente” es sencillamente no entender qué es el escepticismo.


Una consecuencia clave de la actitud escéptica es que es la base fundamental de la ciencia, la cual se podría considerar un subconjunto del escepticismo, pues tanto la ciencia o el escepticismo siempre se pararán ante algo y se preguntarán “¿Por qué esto o aquello es cierto?”.


Tales preguntas pueden parecer de Perogrullo hoy, pero durante siglos y milenios los seres humanos aceptaban la verdad de cualquier afirmación en base a la autoridad y la tradición. Si los líderes decían que algo era cierto, la gente de la tribu, pueblo, ciudad o nación simplemente lo aceptaban y transmitían como cierto de generación en generación; como tal conocimiento era parte de la tradición, cuestionarse su veracidad era equivalente a traición a la patria, al dios local, e incluso era penado con la muerte.


Así, los chamanes, adivinos, magos, brujos, sacerdotes o reyes fueron creando y cultivando un ecosistema de creencias que “explicaban” nuestra relación con el cosmos; ¿Por qué llueve? Porque el dios de la lluvia está complacido; ¿Por qué la tierra se mueve y destruye nuestras casas y mata nuestra gente? Porque el dios de la tierra nos castiga por nuestras faltas, así que aumenten el tamaño de la ofrenda que nuestros sacerdotes ofrecerán al dios…


Pero después de miles de años de civilización humana, los primeros científicos comenzaron no sólo a observar lo que ocurría a su alrededor, sino que comenzaron a preocuparse de cuantificar sus observaciones, a buscar patrones, y al descubrirlos, a preguntarse ¿Por qué tal patrón emerge?. Pero para hacer eso, se necesitaba no sólo cuestionarse cosas, sino abandonar la credulidad de las explicaciones místico-religiosas que ya habían explicado todo el cosmos en forma metafísica y figurativa.


Es ese dudar y cuestionar el que nos ha llevado a conocer y controlar (a veces sin éxito) la fuerza del átomo, a tener objetos más pesados que el aire que nos llevan distancias enormes de un lugar a otro del planeta, a controlar las ondas electromagnéticas para poder comunicarnos a distancias antes impensables en forma virtualmente instantánea, a poder enviar máquinas y personas más allá de la atmosfera, y a la larga, a vivir una vida moderna y disfrutar de una calidad de vida que nunca antes en la historia de la humanidad se había visto.


Así que la próxima vez que escuche a alguien afirmar qué es un escéptico, ahora sabe que es el escepticismo el que en el fondo ha estado moldeando la cultura humana los últimos siglos.

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Lectura recomendada: Skeptic Manifesto.